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Orígenes de la celebración


Existen dos explicaciones, como más convincentes, sobre la raíz y derivación del vocablo “magosto”: una sería la interpretación de que procedería del latín “magus ustus”, es decir, gran fogata u hoguera y la otra defiende la teoría de que magosto proviene de “magno”, en su acepción de grandeza, como algo esotérico relativo a “magus” o hechicero.

La celebración, indudablemente, es de génesis pagana siendo después adoptada por la religión cristiana. De esta manera, surgió como una efeméride de carácter agrario, situándose sus inicios en la Prehistoria, una vez que el ser humano va adquiriendo paulatinamente una conciencia individual, al mismo tiempo que de integración grupal. Es, por consiguiente, una fiesta ligada al culto a la fecundidad; de ahí su vinculación directa con el fuego o lumbre que alude al sol, vivificador y fecundador de la tierra.

Se trataría, asimismo, de una comida o ágape comunitario y ritual que busca reforzar los lazos en la comunidad dentro del marco del mundo rural berciano. Por tanto, tiene unos rasgos alegres y vitalistas y es una muestra de reconocimiento y acción de gracias por los frutos cosechados y recogidos, así como un homenaje implícito a los totémicos castaños y a su producto, la castaña.

Con posterioridad y, por influencia religiosa, fue asociada a los santos y fieles difuntos, trasladándose y fijándose como fecha de celebración el día 1 de noviembre, sin perder su primigenia concepción de conmemoración de la muerte en el recorrido solar anual.

Más tarde, en las tierras orensanas del entorno capitalino, se decidió utilizar la fecha del día 11 de noviembre, según el Santoral dedicado a San Martín de Tours, santo patrón de la ciudad de las Burgas. De Orense se extendió dicho cambio a varios lugares de Galicia e, incluso, del Bierzo. De este modo fue dotada la festividad de nuevos matices sin que perdiera un ápice de su originalidad, personalidad y espontaneidad en el ánimo del pueblo y en la raigambre del conjunto de tradiciones.

En la averiguación de las pautas etnográficas antiguas, resulta que la castaña era un símbolo, en cierta forma, del alma de los difuntos. Históricamente otoño, castaño y difuntos se encuentran interrelacionados en la celebración del magosto. Se piensa y entiende que la castaña que se consume es como un alma liberada del purgatorio, lugar transitorio del más allá. Por ello, concluido el magosto, era deber y obligación dejar algunas de las castañas asadas esparcidas por el suelo con la finalidad de que acudieran los espíritus de los fallecidos para calentarse y participar del evento. Eran, pues, las castañas destinadas a “la parroquia de los muertos”.

El escritor del “Resurgimiento” gallego, Murguía, asociaba la fiesta del magosto con un acontecimiento funerario, en el que castaña y vino nuevo protagonizarían los papeles de muerte y vida, respectivamente.

Hoy, producto de la modernidad, los magostos se sirven de las antiguas eras de las casas, de las bodegas, de las barbacoas y chimeneas de las cocinas para su mejor disfrute. Sin embargo, la esencia y espíritu festivo se conserva y así, si se da un día soleado, el emplazamiento en un sitio de un descampado es lo ideal para gozar de una tarde al lado de la lumbre y con los aromas del campo, trufados de humedad.


La tradición magostera


Para nuestros ancestros, y en parte ahora, el magosto era una merienda-cena por su duración. Se realizaba y disponía en la primera quincena de noviembre, en los días inmediatos al Día de Difuntos o al de San Martín. Una vez acabada la comida, a partir de las tres de la tarde, se iniciaban los preparativos y se repartían las labores entre un grupo numeroso de amigos.

Encaminándose todos con destino al monte, se juntaban con otros conocidos o amigos y con integrantes de otras familias, siendo lo primero establecerse en un lugar idóneo o adaptado convenientemente (un amplio descampado, un cruce de sendas o caminos, una larga laja o roca plana,…), con objeto de que el fuego no se saliera de unos límites.

Se enciende la lumbre, que al principio levanta mucho humo. Al poco rato la llamarada aumentará de volumen y altura y todos se aproximan como hechizados o encantados, cual embrujo. Se efectúa un corte en cada castaña para que no exploten en la lumbre y no salten como pequeñas bombas. Cuando todos los rescoldos casi se extinguen por sí solos, se apilan las brasas, se coloca una parrilla o rejilla y en ella se encaja una lata con agujeros y se rellena de castañas hasta menos de la mitad. Es preciso darle vuelta al tambor o lata con un palo o mango a fin de que se asen sin “torrarse”.

Aguardaremos a que estén en su “justo punto”. Mientras que están asándose tranquilamente las castañas, los demás se emplean en preparar y adecuar el sitio mejor donde comerlas, haciendo cucuruchos para realizar el reparto y poder llevarlas.

La reunión no sería tal si no se complementara a base de juegos populares, danzas y bailes, bromas, relatos de cuentos e historias, cantares,… Y de todo y para todos y aquí cabe mucho: los niños y “chavalada” asistente aprovechan el final para llevar a cabo todo tipo de travesuras: se persiguen unos a otros para tiznarse y pintarse con la ceniza, acto o rito que algunos entienden como “de buena suerte”.

Otra variante del magosto es el organizado por la juventud en ciertos pueblos. Como una especie de ceremonia, a la velada del magosto no le faltará de nada. Los mozos aportan el vino de prueba y nuevo- el primero de la cosecha cercana- y, mientras tanto, las mozas recogen los frutos del castaño. Y, ya todos juntos, se dedican a acarrear el heno seco y hojarasca, las agujas de pino, tojo y laurel y, sobre este montón a encender, se ponen las castañas bien esparcidas. A las castañas, previamente, se les ha practicado una pequeña hendidura con una navaja. Como colofón, se recubre todo con una nueva capa de hierbas y hojas secas. A continuación, se prende el fuego empezando por la capa inferior y el tamaño y fuerza de las llamas nos indicarán que, en cuanto sólo queden las pequeñas brasas, hay que retirar las castañas asadas y listas para comer.

Con el vino (en ciertas zonas endulzado con miel), chorizos y pan se conforma un menú exquisito y, en la tertulia de sobremesa, es costumbre organizar juegos, contar chistes, inventar cuentos de ánimas, de monstruos y de terror y cumplir con las típicas “faenas”, escondiéndose cosas o guardando la ropa de los otros.